lunes, 25 de septiembre de 2017

Solidaridad ante #Sismo; Incapacidad e ineficiencia gubernamental, el pueblo al frente de las labores de rescate. !!No al regreso a la vida normal!! !!Hasta reconstruir México!!!


México, seis días después
Maricela Rosales
Septiembre 25 2017
Debió meterse debajo de la mesa, como le habían sugerido en el colegio en caso de temblores.
Debió acurrucarse junto al escritorio para formar el triángulo de la vida. Debió dirigirse a la puerta de entrada, mucho más cerca que el punto desde donde le gritaba su compañera de trabajo.
Ella prefirió morir aplastada con su querida mascota en lugar de sobrevivir a su muerte trágica.
Alicia, debajo del marco de una puerta, abrazó a sus dos hijos mientras gritaba ¡Dios mío, protégenos! y mientras el bebé lloraba como un desamparado. Antonio, debajo de otro marco, se quedó en silencio mientras atajaba lo que se desprendía del techo del departamento: un espejo de cuerpo entero y un reloj pendular que marcaba las 13:14 de la tarde. Y la señora de las labores domésticas, que se levantó tras caerse de la escalera, llegó corriendo hasta el marco de la tercera habitación para observar cómo se mareaba sin hacer nada. Ellos sí sobrevivieron.
La tierra crujió bajo sus pies como un monstruo de caverna, las ventanas amenazaron con volverse pólvora. Parecía que un gran lobo soplador hubiera encontrado la casa de los tres cerditos. Y repitiendo la historia, la estructura no resistió.
El niño que se encontraba en ese momento dentro del salón de clase fue consciente de que nunca hasta ese momento de su vida había entendido el significado de la palabra terremoto; en el colegio solo habían hablado de temblores y poco antes habían llevado a cabo un simulacro y nuevamente las palabras de su maestra sobre qué hacer durante un movimiento telúrico. Se encontraba ahora debajo de varios trozos de concreto. Y es que nunca le hablaron de lo que sucede después de uno. A él lo rescataron con vida.
Duramos 10 minutos viéndonos las caras y tratando de comprender hasta que fuimos conscientes de que un ruido de la calle traspasaba la ventana y entorpecía los pocos diálogos entre nosotros: las sirenas, las aspas de helicópteros, los lamentos de los heridos que caminaban desamparados y la lluvia que levantaba una nube gris del piso.
Ciudad de México, 19 de septiembre del 2017, un día de historias, de muertos, de desaparecidos, de destrucciones, de pronósticos alentadores y también de desilusión.
La señora de las labores domésticas trabajaba en una oficina en el edificio derrumbado de Avenida Álvaro Obregón y hasta el momento no hemos vuelto a saber de ella.
Ay, mi ciudad. ¿Qué le pasó a mi ciudad?
18 años viviendo en la colonia Condesa. Tan buenos recuerdos que hoy se borran cuando una amiga de años, que vivía en la sobrevaluada Avenida Ámsterdam, apareció con la mitad de su cara cubierta de sangre y con la boca sonriendo. ¡Estamos vivos!, dijo con buen humor y agitación después de caminar 6 cuadras hasta mi casa. Ella no había podido esquivar un ladrillo en dirección a su frente, ni su hermano había evitado un muro que le dislocó el hombro. Pero los dos, al igual que su madre y su hermana menor, pudieron salir de la casa antes de verla desplomarse con parsimonia.
Pasadas como 2 horas, el pánico se convirtió en una especie de virus.
El miedo se notaba en las caras de los que buscábamos a nuestros familiares que por una y por otra no estábamos juntos, y entre sus historias se comenzó a organizar mi México.
México sin miedo, se convirtió de nuevo en uno solo.
El terremoto nos había arrebatado la alegría, la confianza por la vida y los pisos altos. Pero nos trajo la fuerza y el dejar atrás el egoísmo. El comprobar que ante la desgracia no necesitamos de nadie que nos diga que somos un México fuerte.
“Hemos vivido una situación muy trágica, pero estamos contentos y felices, ha sido como una prueba. Pasamos mucho miedo y mucho sufrimiento, pero hay otros temblores peores, provocados por el mismo hombre. Dios nos ayuda y le damos las gracias”, dice el Sr. Zapata mientras camina con su pala hacia los edificios derrumbados de la zona.
Mientras camino detrás de una fila de personas que se dirigen para ver en qué pueden ayudar, se despertó el lado más puro y luminoso de mi existencia.
Qué difícil expresar lo que ha pasado en esta semana desde que ocurrió el sismo. Gracias a internet podemos enterarnos de muchas cosas que han hecho nacer la esperanza y otras que nos dan gran angustia.
La tragedia de los que aún están bajo escombros y de los que lloran a sus muertos, la vergüenza de los políticos oportunistas y los saqueadores malditos y la esperanza de los que sin importar nada, lo dan todo.
Hoy, después de seis días, sé que necesitaba ese temblor para sobrevivir.


"Llevo 15 años en México, pero conocí a su pueblo el día del sismo"
Por Mario Rufer (*)
JUEVES 21 DE SEPTIEMBRE DE 2017
¿Cuál es la probabilidad estadística de que suceda un siniestro dos horas después de un simulacro? ¿Y cuál la probabilidad de que en la misma fecha del sismo más devastador de la historia de un país, pero tres décadas después, vuelva a suceder? Cualquier matemático dirá que, en ambos casos, la respuesta es cercana a cero. Es "casi" imposible. Y sin embargo, las dos cosas acontecieron en México el pasado martes 19 de septiembre, cuando se cumplían exactamente 32 años del devastador temblor de 1985.
Son las 13.14 horas, estoy con cuatro estudiantes en mi cubículo de la Universidad Autónoma Metropolitana en una asesoría sobre sus tesis. En realidad conversábamos sobre la derechización del mundo, sobre el retroceso de los derechos, con esa manía de creernos sabios por un rato. Súbitamente mi silla salta, casi lúdica. Salta la biblioteca y veo caer mis libros. Se cierra de un jalón la puerta. Pensé: es una broma. ¿Acabamos de evacuar la universidad hace dos horas por el simulacro obligatorio en todas las instituciones públicas y ahora está temblando? Algo que aprendí en los 15 años que llevo en México es que el tiempo de duración de un sismo comparte algo con la escala que mide su intensidad: reclaman una imaginación logarítmica, no aritmética. Cualquier mexicano de más de veinte años ha pasado por algún temblor fuerte y sabe bien que esos cincuenta segundos promedio que dura, no son jamás los cincuenta segundos que se tarda en caminar del salón de clases al baño. Parecen siglos, parecen más bien poliedros de tiempo. Alguien grita "está temblando cabrón". La alerta sísmica, esos mentados 50 segundos que separan al aviso de sismo de sus primeras ondas sensibles, esta vez brilló por su ausencia. Sonó en el simulacro, pero la realidad no avisa.
Salimos de la oficina, nos tambaleamos. Veo a mis estudiantes enfrente mezclados con otra gente: profesores, otros estudiantes, administrativos, todos en un baile descompasado e involuntario. La estructura de un edificio se queja durante un sismo. Los arquitectos dirán "trabaja": pero en realidad habla. Suena, cruje, ruge con sonidos extraños que lo envuelven todo. Pedagogía nacional de tres lemas: no corro, no grito, no empujo. Todos lo aprendimos. También los extranjeros. Ni siquiera hablamos, nos miramos consternados. Sabemos que esto es fuerte. Apenas nos mantenemos en pie. Llego a la escalera: punto crítico. ¿Es seguro bajar? La distinción entre la idea y el acto sólo puedo hacerla ahora que narro. En ese momento no sé qué vino antes o después. Yo ya estaba en las escaleras. Aferrado a la baranda no pude mantenerme de pie. Me caí. Un estudiante me ayudó a levantarme, casi sucumbimos ambos, "vamos profe, rápido". Llegamos, no tengo registro de cómo, a la planta baja. Todos pensábamos: esto se cae (sin confesarlo, por supuesto. Al performativo ante todo se le teme). Llegar al patio central, el "punto seguro" bajo el cielo infinito que es lo único que no amenaza con venirse encima, se asemeja al viaje del personaje de Eco en La isla del día de antes: parece siempre estar atrás, ayer, lejos.
La imagen desde los vitrales de adentro era distopiana: en el patio, estudiantes y maestros estaban arrodillados en el piso o literalmente a gatas, "en cuatro patas" sobre el pasto húmedo. No era por agotamiento ni por una genuflexión voluntaria, sino porque no podían mantenerse erguidos y quien no tuvo cómo sostenerse de un árbol -lo único que hay en el patio central-, se agachó y tocó la tierra con las manos: la tierra viva, la tierra vive. La tierra serpentea. El temblor amaina y sin embargo la onda sigue. Los árboles altos y robustos se bambolean soberbiamente. El edificio se calma, regresa a su forma original como un animal viejo que vuelve de una convulsión. Lento y cansado. Aún nadie se atreve a hablar. Miro a mis estudiantes, a mis colegas, a mis afectos de todos los días: sí, estamos enteros. Estamos vivos.
En cincuenta segundos todo gira. No hay luz, no hay ya líneas de teléfono. Pero hay San Internet. "Fue de 7 puntos". "Imposible, esto estuvo de la chingada, por lo menos fue de 8". "No, fue de 7 pero epicentro en Morelos". "¿Morelos? ¡Eso es aquí a un paso!" "No puede ser. No hay fallas en Mor." "No jodan, ya reportan un edificio caído en Condesa". "¡No puede ser, se derrumbó una escuela aquí cerca.!" Altavoces: "hay que desalojar inmediatamente la universidad".
Una amiga me ofrece generosamente llevarme a casa (en un momento como ese todo lo que uno quiere es "llegar a casa", sea lo que fuere que asignemos con ese nombre. Por ende, también la generosidad del gesto es logarítmica en esa instancia). Por supuesto, todo está colapsado. Las calles imposibles. Todos quieren llegar, abrazar, ser abrazados. La sensación de vulnerabilidad es total cuando la tierra se sacude la modorra. El sol es inclemente y radiante como sólo "la región más transparente" nos regala. En el dial la información comienza a fluir lentamente. Lo más temido: sí, hay edificios caídos. Eso es sinónimo de lo más duro: hay muertos. Mi amiga y cómplice de toda mi vida en México escribe en el chat de nuestro grupo universitario: "Se cayó mi casa, pero estoy bien". Nunca voy a olvidar lo que me produjo leer eso. ¿Sabremos lo que es, alguna vez en la vida, quedarse sin casa en cincuenta segundos, poder escribirlo y acto seguido corregir con el adversativo "pero estoy bien"?
Pero estábamos bien.
Fue al otro día, ayer, que viví lo más impactante. Fui a comprar medicamentos y agua, como miles de ciudadanos lo hicieron, para llevar a los centros de acopio ya organizados. El señor gentil y anciano de la "tienda de abarrotes" (como se le dice en México a los viejos almacenes de barrio) en la esquina de mi casa, había puesto decenas de galones de agua en la vereda con la leyenda "Para donar". Tomé uno. "¿Cuánto es?" "Nada. Son para dar. Llévelos a los acopios, yo no tengo cómo ir". "Gracias señor. ¿Cómo puedo comprobarle que en efecto lo doné?" Me miró fijo: "Donándolo". Otro tiempo entró entonces: antes que el Estado, que la Marina, que Defensa Nacional, se volcó la gente. Me acordé de una clase con un gran profesor que tuve en El Colegio de México: "El Estado administra un habitus. Por eso nunca puede administrar una tragedia. Eso sólo lo hace un pueblo". Entonces vi a las brigadas, a los cientos y cientos de jóvenes bajo la torrencial lluvia del día después haciendo cadenas de acopio, a la gente que sin pensarlo llegó en pesero o caminando o en bicicleta y donó lo que tenía (no lo que le sobraba), a las filas interminables de personas anotándose en las brigadas, a mis propios estudiantes con el cuerpo doblegado por el agotamiento ayudando a remover escombros con más de 24 horas sin haber pisado su casa y ahorrando al máximo el agua potable porque los heridos la necesitan más que ellos.
Quince años después, creo haber conocido el país en el que vivo. Esta es una lección inclaudicable que México dicta al mundo una y otra vez: a pesar de todo, hay aquí un pueblo. Una voluntad de pueblo. Y eso, como el amanecer, no es poco.
(*) Nació en General Cabrera, Córdoba. Vive en DF desde 2002. Estudió Historia en la Universidad Nacional de Córdoba y es Doctor en Estudios de África por el Colegio de México. Actualmente es profesor titular en la Universidad Metropolitana.

Las historias detrás de los jóvenes que han tomando México tras el sismo
Viernes, 22 de septiembre de 2017
Alejandra Crail
Josué León tiene una voz ronca y madura para sus 24 años, afina la garganta para dar una nueva orden por medio de un megáfono, está en el Parque España de la Condesa, su "hogar" desde el pasado 19 de septiembre. Antes vivía en Naucalpan, Estado de México, y estudiaba economía e idiomas en la UAM Azcapotzalco, hoy es uno de los jóvenes que han tomado la batuta ante la crisis que azota a la Ciudad de México, Morelos y Puebla. Ha dormido unas seis horas los últimos cuatro días; no es el único.
“Ya hicimos la parte fácil que es recopilar las cosas, es hora de ensuciarnos las manos más, necesitamos seguir levantando escombros”, les grita a las decenas y decenas de jóvenes que lo rodean, armados con chalecos, cascos, palas, picos… “Nos hemos desvelado para irnos de fiesta, hoy tenemos que hacerlo por algo que valga la pena”, les repite una y otra vez, para reafirmar la misión que cada uno, sin dudarlo y sin que nadie se los ordenara, adquirió después del sismo de 7.1 grados Richter que nos mantiene en emergencia.
Mientras habla, más jóvenes llegan al centro de acopio detalladamente organizado en el parque, traen cargando esas maletas de camping que tantas veces los han acompañado de viaje, a esa actividad que –dicen los expertos– caracteriza a la generación que es el grueso de la población mundial, los millennials, pero ahora esas mochilas están llenas de víveres, medicinas, ropa para los más afectados y herramientas para levantar escombros.
A un lado de Josué, en la zona de herramientas, está Dorena de 21 años, quien vivía en Polanco hasta hace unos días, y que ahora se encarga de repartir cascos, chalecos, picos, palas, cubetas, sierras y un largo etcétera a los voluntarios que acaban de recibir su curso de primeros auxilios de parte de la Cruz Roja y uno que otro consejo del Ejército. Ella los arma con lo necesario para ir a esas zonas que parecen de guerra: a Lomas Estrella, Narvarte, Coapa, Centro, Taxqueña, la Roma y muchas tantas otras, incluso, fuera de la ciudad.“No te puedo decir por qué estoy aquí, pero sí que aquí tenía que estar”, dice mientras coloca en una carretilla los instrumentos de la brigada próxima a salir.
Muy cerca está un grupo de programadores, activistas y periodistas que trabajan de la mano con contingentes ciclistas que van y vienen de extremo a extremo de la ciudad, también los hay en otros estados, para verificar la información que se difunde sin ser verificada en las redes sociales, así trabajan contra el caos. Ellos están aprovechando esos celulares que, según los datos, son el instrumento más utilizado por los millennials que pasan al menos 12 horas al día en internet.
Actualmente, en México, los millennials están pasando más de 12 horas en internet, de esta forma se coordinan para dirigir ayuda y conocer la situación de las zonas que requieren más atención. Un ejemplo es el caso de Enrique Rébsamen 241 en la Narvarte, en donde –pese al derrumbe– no había personal que ayudara a las personas que quedaron debajo del inmueble más de 24 horas después del siniestro.
Son esos jóvenes como Ari (27) que lleva días y días moviendo medicinas de un lado a otro de la ciudad con la amenaza de perder su empleo, Andrea (28) que se unió a un grupo de scouts en el Jardín Pushkin para acomodar víveres, a Víctor (26) que está organizando brigadas de trabajo pesado para los puntos menos atendidos y Paulina (29) que agarró una camioneta para llevar lo que más faltaba a Xochimilco cuando todos seguían el rescate de la falsa Frida Sofía, los que están reconstruyendo México. Esos jóvenes a los que se les ha acusado de flojos, desinteresados, ajenos al futuro, son los mismos que están arriesgando todo por levantar la ciudad.
Emilio Viale escribió al respecto hace 32 años, un mismo 19 de septiembre cuando la ciudad colapsó de una forma similar (solo variaron los grados Richter) y hoy se vuelve a hacer vigente: “¿Quién convocó a tanto muchacho, de dónde salió tanto voluntario, cómo fue que la sangre sobró en los hospitales, quién organizó las brigadas que dirigieron el tránsito de vehículos y de peatones por toda la zona afectada? No hubo ninguna convocatoria, no se hizo ningún llamado y todos acudieron”.
Los jóvenes están tomando la ciudad, que no nos la regresen, que se la queden, que la hagan suya. Los necesitamos hoy, los necesitamos mañana, los necesitamos siempre.
Video: “Que nunca más te llamen millenial apático”: https://www.facebook.com/Nacion321/videos/837579203084404/



Planteles de la UNAM se van a paro y organizan acciones de acopio y brigadeo
25 septiembre 2017
Ciudad de México | Desinformémonos. Diversos planteles de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) a nivel licenciatura y preparatoria acordaron este lunes parar las actividades académicas para continuar con las acciones de apoyo a los damnificados con centros de acopio y organización de brigadas, a raíz del sismo de magnitud 7.1 del pasado martes.
Entre los planteles, se encuentran el Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) Sur, la Facultad de Odontología, la Facultad de Filosofía y Letras (FFyL) y la Facultad de Psicología, entre otras.
Los universitarios organizaron asambleas en diferentes puntos de reunión para acordar las acciones concretas que se llevarán a cabo los siguientes días en apoyo a los damnificados por el sismo del 19 de septiembre, y en la que concordaron fue en suspender las actividades académicas, pero mantener los espacios de los planteles abiertos para la coordinación de brigadas y centros de acopio.
A las 11 horas, una multitudinaria asamblea convocada por alumnos de la FFyL se llevó a cabo en Las Islas de Ciudad Universitaria para discutir las propuestas de organización en brigadas y continuar con la recolección de víveres en el plantel. Al final, se acordó iniciar un “paro activo” hasta el 2 de octubre para que las instalaciones permanezcan abiertas y funcionen como espacios de reflexión, capacitación y coordinación de los estudiantes y profesores que deseen apoyar a los damnificados.
En la asamblea participaron estudiantes de otras facultades que invitaron al alumnado a unirse entre ellas para crear una red multidisciplinaria, así como ofrecieron su ayuda en las brigadas organizadas por los mismos colegios de la FFyL.
Entre las propuestas vertidas, destacaron la asistencia directa en comunidades afectadas, denunciar a las inmobiliarias responsables de los colapsos, abrir espacios académico-reflexivos sobre el sismo y la organización de comisiones para la capacitación, difusión y acopio de víveres.
Este material periodístico es de libre acceso y reproducción. No está financiado por Nestlé ni por Monsanto. Desinformémonos no depende de ellas ni de otras como ellas, pero si de ti. Apoya el periodismo independiente. Es tuyo.


Crean mapa interactivo para denunciar empresas que obliguen a laborar en edificios dañados

Viernes 22 de septiembre
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Los numerosos muertos y heridos graves, el derrumbe de casi medio centenar de edificios y el riesgo de que otros se caigan ha sumido a la Ciudad de México en una verdadera catástrofe. Este contexto de caos parece no ser suficientemente dramático para algunas empresas que han obligado a sus empleados a acudir a sus lugares de trabajo aun cuando los inmuebles en donde laboran están en peligro de desmoronarse.
Cuando se trata de ganancia se ve que para los gerentes sin escrúpulos no hay riesgo a la vida que valga. Son decenas las empresas que están obligando a los trabajadores a acudir a los edificios en donde realizan sus tareas diarias pese a que están seriamente dañados y que pueden venirse abajo con cualquier réplica.
Por ejemplo una vendedora de El Palacio de Hierro ubicado en la calle Durango a la altura de la avenida Oaxaca, en la Colonia Roma comentó: “Hay paredes caídas, escaleras colapsadas y hubo dos muertos. Nosotros, por miedo, no queríamos entrar a trabajar”. Y luego agregó: “estamos asustados, nos obligaron a venir y si no lo hacemos nos despiden. Aquí a la vuelta se colapsaron edificios y puede pasar con el nuestro”.
Obligar en estas circunstancias de incertidumbre a los empleados a ir a trabajar no solamente pone en riesgo a los trabajadores de los edificios con peligro de derrumbe, también inunda de vehículos la ciudad complicando que la ayuda, ya sea en forma de médicos, víveres y voluntarios llegue a los que la están necesitando.
La Secretaria de Trabajo y previsión social de la CDMX dispuso de un correo electrónico y un teléfono para quienes quieran denunciar estas situaciones. El problema, comentan expertos del mundo del trabajo, es que dicha secretaría ni siquiera da abasto a cumplir con las denuncias que suceden normalmente, por lo que menos lograrían hacerlo en este momento de emergencia total. Esto parece confirmarlo trabajadores que no han podido contactarse a sus números telefónicos y que no han obtenido respuesta a los correos electrónicos enviados.
Frente esta situación, alumnos de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) y la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales(UNAM) están organizando un mapa con denuncias anónimas, pero de acceso público para que se conozca quienes son estas empresas que juegan el rol de indignante contracara frente a los miles y miles de ciudadanos que están saliendo día y noche a ayudar a quien lo necesite, muchas veces hasta arriesgando sus propias vidas.
A la vez, se están conformando brigadas para ir a visitar a los lugares de trabajo, revisar los inmuebles y, en caso de ser necesario, exigir el cese de actividades. Toda esta información recolectada servirá, comentan, para realizar una denuncia pública.
En este contexto de crisis generalizada y, afortunadamente, solidaridad extendida se requiere canalizar la ayuda para evitar que la tragedia sea aún peor. A continuación contactos para los interesados.
Para realizar denuncia anónima, contacta a: Estudiantes de la Universidad Autónoma Metropolitana y Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM: WhatsApp: (55)36681207 y (55)39721357, a través de su cuenta de Facebook
Secretaria de Trabajo y Previsión Social para realizar denuncias: Correo electrónico: inspeccionfederal@stps.gob.mx Teléfono: 30002700 ext. 65338 o 65388.



   



 





El forcejeo entre “civiles” y militares
POR MARCELA TURATI , 21 SEPTIEMBRE, 2017
CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Dos puños en alto: la orden para guardar silencio. La seña hace enmudecer a cientos de personas que rodean el edificio de siete pisos convertido en cascajo; apagan las motosierras y detienen el motor del trascabo. Desde la cima de ese monte de piedras y varillas, en una esquina de la colonia Condesa, un militar grita mirando hacia los escombros:
–¡Norma, Consuelo o María, si me escuchan golpeen o griten!
La instrucción le enchina la piel a varios, sólo de imaginar que bajo esas rebanadas de concreto sin ventilación pueden estar atrapadas tres mujeres.
Los oídos de todos se agudizan esperando escuchar un grito, un quejido, algún ruidito. Hasta los ritmos cardiacos parecen disminuir con tal de escuchar “el milagro”.
–¡Norma, Consuelo o María, si me escuchan golpeen o griten!, repite inútilmente el de la voz de mando.
A metros de distancia, detrás de la cinta amarilla con la que los militares limitan el acceso “a los civiles”, un hombre que se resiste al peso del cansancio y que pasó como topo arrastrándose entre los escombros del edificio, buscando sobrevivientes, se lamenta: “Así no se hacen las cosas. Esos que están al mando no saben”.
Vestido con estampado de camuflaje, casco rojo y credencial que lo identifica como funcionario federal, el hombre, experto en rescates y espeleología, explica: “El protocolo que siguen está mal. Ellos pretenden sacar primero todo desde arriba, pero eso tarda y no permite que haya un avance.”
La montaña de cascajo supera las copas de los árboles que embellecen la avenida Ámsterdam (donde tenían privilegiada vista los departamentos pulverizados).
Es el mediodía del miércoles 20: han trascurrido 23 horas desde que ocurrió el sismo, y el monte de cascajo sigue a la altura de las copas de los árboles.
La cima ha sido conquistada por soldados, marinos, personal con chalecos de Protección Civil y algunos albañiles de brazos macizos, quienes por horas han retirado, capa por capa, los trozos de concreto que se encuentran en la punta y que a veces tiran a los costados, cuando no directo a la hilera de brazos de voluntarios, “civiles”, la mayoría, que se coordinan hasta colocarlos en un camión de basura.
“En el sismo del 85 nos metíamos entre los pisos, hacíamos túneles y llegábamos a los que estaban atrapados, encontrábamos gente viva o los cuerpos –prosigue el rescatista frustrado–. Pero con este procedimiento de quitar primero todo desde arriba, de estar levantando, no se avanza, se pierde tiempo y no dejan avanzar”.
Luego enumera los edificios donde 32 años antes aplicó el método “topo”: en un edificio en la calle Tenochtitlán utilizando el hueco de un elevador; en un hotel de la calle Edison; en el edificio Nuevo León. De ahí sacó unas 15 personas.
El experto asegura que este 19 de septiembre sólo logró convencer a un teniente para que le dejara usar ese método reconocido en el mundo. Cuando lo logró, pudo meterse a los escombros apoyado por dos bomberos: bajó cinco metros y se coló entre el piso 3 y 4, donde encontró prensado el cadáver de una mujer. Cuando amaneció tuvo que dejar su recorrido.
“Nosotros hicimos un túnel, pero debieron de haberse hecho unos cinco más. En el 85 nos llegábamos a encontrar con la persona por varios lados y así se la sacaba, pero aquí solo un túnel pudimos hacer porque no quieren escuchar los militares y los de Protección Civil. No nos escuchan a los bomberos ni a los que vivimos esto en el 85, que les decimos que tenemos que hacer túneles de penetración”, subraya resignado y molesto. “Los que dan las órdenes no saben”.
Ese mismo forcejeo entre “uniformados” y “civiles” se nota en varios frentes.
La noche del martes 19, cuando los militares llegaron a encabezar las labores de rescate en la esquina de Laredo y Ámsterdam, tendieron un cerco para ahuyentar a quienes estaban cerca de la construcción derruida y no portaban uniforme o chaleco de alguna dependencia. O el miércoles 20 al medio día, cuando policías federales pidieron a vecinos y voluntarios que se retiraran y dejaran de sacar escombros, porque en adelante ellos se harían cargo. En ambos casos la gente se puso brava, no se dejó.
“Si nosotros llegamos antes de que ustedes estuvieran y pasamos aquí toda la noche, ¿por qué nos quitan? ¿Dónde estuvieron ustedes?”, se escuchó a un vecino decirle a una mujer policía que intentaba alejarlo.
Lo cierto es que el primer día los ciudadanos tomaron el control de la situación. Poco a poco, soldados y marinos han ido imponiéndose, haciendo retroceder a los civiles.
Desde la primera noche, alrededor de ese edificio colapsado en la colonia Condesa, un filtro de mujeres soldados –con sus armas largas en las manos– comenzó a cerrar el paso a quienes intentaban acercarse al desastre.
Lo narra María, una anciana vecina del inmueble que se derrumbó: “En cuanto cayó el edificio todos los vecinos de la Condesa salimos de nuestras casas y comenzamos a quitar piedra por piedra, nos organizamos para traer agua, comida, lo que se necesitara. Muchos extranjeros estuvieron comprometidos ayudando”.
Lo dice desde Casa Durango, la residencia verde habilitada como centro de acopio y desde donde supervisaban el rescate los familiares de los inquilinos del edificio caído, el que estaba cruzando la calle, el número 107 de Ámsterdam.

Sobran manos, sobran uniformados
Este terremoto no es el del 85, aunque nadie puede dejar de notar que se le parece. Como una mala broma, cayó en la misma fecha, 19 de septiembre.
Las mismas imágenes de edificios destruidos en la Ciudad de México, aunque ya no mediadas por los periodistas como Jacobo Zabludovsky, transmitiendo por la radio y la televisión. Ahora aparecen en tiempo real, tomadas desde los teléfonos de cualquier ciudadano y llegando directo a los celulares gracias a las redes sociales.
El daño es menos extendido: hace 32 años el centro de la ciudad parecía zona de guerra; se calcularon al menos 10 mil muertos. Este martes, medio centenar de casas o edificios fueron pulverizados por la comezón de la tierra, y hasta el miércoles 20 sumaban 104 los fallecidos en la capital.
El tamaño del drama no se mide a escala, sigue siendo el mismo en lugares como el multifamiliar de la avenida Álvaro Obregón, el derrumbamiento de la escuela Rébsamen con niños adentro y una niña que se comunica desde abajo de los escombros, la fábrica de las costureras en la Obrera.
Políticos, funcionarios y uniformados, otra vez intentando controlar, aunque no siempre pueden porque las multitudes se imponen. Por miles, la muchedumbre se vuelca a las calles dispuesta a ayudar a como dé lugar: sea alimentando a rescatistas o vecinos (aunque en lugares como la Condesa ofrecer un sándwich a un vecino puede ser considerado un insulto), sea abriendo centros de acopio junto a otros, sea arrimándose a las zonas de desastre para ofrecer ayuda en la cargada de cascajo.
Faltan expertos, pero sobran brazos, sobra voluntad, sobra juventud que ofrece su mano de obra hasta el derroche.
Todo vale para a poyar en la tragedia, para intervenir en las ruinas. Lo mismo llegan jóvenes con cascos de bicicleteros, a falta de industriales; guantes de látex para lavar platos –o navideños–, a falta de los rudos para la construcción; botas Caterpillar o a chancla pura.
A la Condesa llega todo tipo de tribus que toman un rol o se organizan en estructuras: Hay hileras de gente para arrojar lejos el cascajo, donde decenas más esperan para subirlo a camiones de volteo; brigadas de vecinos y desconocidos que ofrecen comida, medicinas, cobijas o agua, o que cargan el apoyo a algún centro de acopio; hordas de motociclistas que ofrecen ser mandaderos a lo que se requiera; ciudadanos dirigiendo el tráfico; representantes de colonias alejadas o de colectivos llegados de lejos para ayudar; fotógrafos profesionales esperando captar el instante del momento del rescate; mirones que quieren sacarse la selfie o que se paran por horas arriba de unas vigas para observar desde primera fila; camiones cargados con albañiles que descienden –con sus picos y palas– en la zona de desastre.
En esta que es una de las tres ciudades más grandes del mundo con sus 20 millones de habitantes (contando su zona conurbada), los 50 puntos de desastre llegan a ser pocos para tanta gente ávida de ayudar. Y tanta ayuda también descontrola.
Por la radio, el delegado de la Benito Juárez, Christian Von Roherich, pide que no se acerque más gente a ayudar. “No necesitamos más desorganización”, dice, casi suplica.
En las noticias se solicita a las personas que ya no intenten llegar a Xochimilco porque tiene saturadas las vialidades, y de tan bloqueadas hasta las ambulancias tienen dificultad de pasar. Las fotografías así lo constatan. Parece día de peregrinaje. Patrullas cierran el paso y regresan con todo y sus tortas y garrafones de agua a las almas solidarias que intentaban acercar comida.
En un centro de acopio en la colonia Roma una mujer mira cómo unos jóvenes suben a una camioneta las despensas y me dice, asustada, que ya no tiene control de quién se lleva a dónde las despensas. Es demasiada la gente. La calle está desbordada.
Un video muestra cómo las multitudes en la colonia Obrera abuchean, reclaman e intentan alejar al secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, a quien se le ocurrió pararse en el sitio de la emergencia.
Mientras tanto, en Ámsterdam 107, el día 20 desde las 10 de la mañana, comienzan a escucharse unos gritos, entre amenazantes y suplicantes, entre conmovedores y malagradecidos, de un militar:
-¡Civileeees, háganse para atráaaaas! ¿No ven que ponen en riesgo la vida de los que estamos aquí trabajando? ¡Más ayuda el que no estorba!
A coro repiten lo mismo algunos empleados de la delegación Cuauhtémoc.
La gente ignora la súplica-insulto, aunque cada tanto los uniformados van ganando centímetros para la cuerda que marca el perímetro donde se niega el acceso. Además de los empleados del gobierno, los únicos ‘civiles’ permitidos cerca del lugar son los albañiles enviados a apoyar por un par de firmas constructoras.
Sí se pudo, México
Desde la cima de los escombros, la mímica se repite constantemente: puños en alto. Todos congelados. Silencio. Falsa alarma. De vuelta el ruido y el movimiento hasta la próxima señal.
“Aquí está y está vivo”, se escucha a ratos la conversación de los de lo alto de la cima, aunque después de eso, y por horas, no se vea que saquen a nadie.
El rescatista indignado se perdió el momento en que pudieron arrancarle tres cuerpos al ensortijado edificio.
–Silencio… Camillas…Sábana… Un cartón limpio… Agua… Un doctor… Llamen a la ambulancia… Otra sábana… Llamen al hermano de Sergio… –gritaban quienes encabezaban los rescates, y coreaban todos los presentes, preludio de que esta vez no sería falsa alarma.
Entonces a las 11 de la mañana apareció el primer cadáver del día: amortajado en una sábana blanca, enganchado a una camilla que se pasaban de mano en mano.
Lágrimas en los ojos, nudo generalizado en la garganta. Antes de que las lágrimas de los espectadores se secaran, de inmediato el segundo muerto, que por la forma de la sábana parecía que llevaba algo enterrado.
“¡Apaguen sus celulares, esto no es circo!”, gritaban furiosos los militares a aquellos voluntarios que raudos y veloces no soportaban la comezón de perder una foto para sus redes sociales y sacaban sus cámaras para grabar el momento.
Otra vez el juego de vencidas de uniformados vs. civiles.
A las 11 horas con 16 minutos, después de un conteo del uno, dos, tres con el que los rescatistas pujaron fuerte, sacaron de entre los escombros a alguien vivo. Era aquel Sergio con el que platicaban, y quien les preguntaba desde debajo de la tierra por su hermano. El Sergio al que sus familiares esperaban en la Casa Verde.
Más lágrimas se abrían camino hasta los cubrebocas, en las mejillas empolvadas con lo que quedó de ese edificio.
Aplausos, vítores, gritos patrioteros del “viva México” y el “sí se puede, sí se pudo”. Una voz irrumpe y grita al sobreviviente atado a la tabla: “Échale ganas, Sergio, duro a recuperarte”.
Casi 24 horas de excavación, y Sergio era el sexto rescatado del Ámsterdam 107. Antes había sido sacado un hombre que al momento del temblor había alcanzado a correr hacia el techo y estaba malherido; después una mujer y un niño, muertos. Ahora tres adultos: dos muertos, uno vivo. Era desconocido el número de personas que permanecían atrapadas.
Vueltos a la labor, desde la cima del edificio pulverizado, soldados tiraban hacia la calle lo que iban encontrando a sus pies: ora lo que fue la base de una cama, ora el pedazo de una silla, ora lo que parece que era la mesa del mismo comedor, ora un fierro que sostenía una puerta, ora una caja negra, ora un paquete de hojas rotuladas con un nombre. La intimidad de mano en mano, expuesta a la vista de todos.
Llamaron la atención las múltiples fotos encontradas en el piso séptimo. Fotógrafos de prensa que hacían guardia frente a ese edificio, luego explicaron que ahí vivía una querida pareja de fotógrafos que tenían una impresionante colección de imágenes. Él, Wesley –que hizo coberturas de guerra– fue rescatado vivo, pero malherido; de ella, Elizabeth, seguían sin noticias.
El espeleólogo encontró fotografías familiares de una pareja adulta, algunos pasaportes, papeles. Según su teoría, el edificio se cayó porque los constructores usaron varilla de media pulgada para sostener siete pisos, cuando debían de haber usado un mínimo de grosor de dos.
“Es un acto criminal. Con base en la ingeniería no se debió de haber hecho. Le metieron para ahorrar dinero. Fue un acto de corrupción”, suelta indignado. Luego señala a los albañiles que con un enclenque serrucho cortaban las delgadas vigas.
Una vecina dice que en Casa Durango está la familia del dueño del edificio en espera de que a él también lo rescaten. Mientras lo dice pasa una joven a ofrecer pan que mandan de una panadería gourmet del barrio. Cada cinco minutos alguien ofrece comida, café, agua, lechitas, tortas, quesos, jugo de naranja. Lo que dé la imaginación.
Ese cráter en la calle de Ámsterdam, y los militares y marinos armados en la calle, lucen fuera de lugar en una colonia tan emblemática y nice como la Condesa. El edificio 107 era rosa con gris, tenía siete pisos y 21 departamentos, cada uno con balcón, como quedó registrado en los mapas de Google.
Todavía dos días antes del siniestro un anuncio en una página en internet ofrecía en venta un departamento de ese edificio: “Exterior, 5o piso, 87 m2 habitables, 3.4 m2 de balcón, 2 recámaras: La principal con baño completo y otro baño completo. Cocina integral cerrada. 1 estacionamiento, los guardias mueven coches. Vigilancia privada 24/7. Cuarto de servicio de 7.5 m2 en azotea y jaula de tendido un piso arriba”.
Lo acompañaba otra nota: “Atención Inversionistas: (el departamento) se renta de $18 a $24,000. Ideal para AirBnb.‎Vista a los árboles de Ámsterdam y Parque México. Ubicado entre los dos más hermosos parques de la CDMX: Parque México y Parque España. Zona turística de La Colonia Condesa. Ubicación privilegiada, cerca Insurgentes, Patriotismo, Constituyentes, Revolución, Metrobus.10 minutos a la Fuente de la Cibeles y Álvaro Obregón. A una cuadra de Superama Michoacán. Galerías, restaurantes, escuela, gimnasios”. En las fotos tomadas desde el interior resaltan siempre las copas de los árboles que tenían como vista.
El precio: 4 millones 850 mil pesos. La antigüedad del edificio: 36 años. Fue construido cuatro años antes que el temblor del 85.
“Fueron criminales al meterle esa varilla”, soltó varias veces el rescatista en el anonimato, quien no conoció el edificio sino hasta que se derrumbó.
La gente sigue llegando. Los parques, glorietas, camellones, banquetas han sido convertidos en centros de emergencia y apoyo.
Por redes sociales la gente lanza solicitudes de ayuda que siempre encuentra eco, sea por nombres de personas que continúan desaparecidas, otras hospitalizadas, o difundiendo ubicaciones de centros de acopio, de nuevas construcciones caídas, de anuncios sobre servicios gratuitos o rescates.
“Requieren urgente hachas y pinzas hidráulicas y motosierras y guantes carnaza en Ámsterdam y Laredo, para que pidan x redes”, me pidió una mujer que escribiera en mi celular y enviara a mis contactos.
Por redes, también, comienzan a llegar anuncios patrióticos publicitando el extraordinario músculo de solidaridad mostrado por los chilangos, volcados en las calles, abriendo las puertas de sus casas, y que logra que uno termine gritando “Viva México, cabrones”, y hasta desee cantar el Himno Nacional, evitando la parte que dice “y retiemble en sus centros la tierra”, por aquello de no invocar más temblores y queriendo agregarle a la letra un centro de acopio en cada hijo te dio.
Postdata
La madrugada de este jueves 21 de septiembre el cerco militar se fue extendiendo. El paso para los voluntarios no capacitados está casi totalmente estrangulado.


Denuncian que el gobierno de Graco Ramírez condiciona ayuda en Morelos
POR JAIME LUIS BRITO , 21 SEPTIEMBRE, 2017
TLAQUILTENANGO, Mor. (apro).- Mientras la ayuda fluye y los centros de acopio se amontonan de gente y víveres, aumentan las denuncias contra el gobierno de Graco Ramírez por bloquear o condicionar la distribución de la ayuda para personas afectadas por el sismo de 7.1 grados que se registró el martes 19.
En un video enviado al reportero se observa cuando en la Bajada Chapultepec, en la ciudad de Cuernavaca, al menos dos tráileres con ayuda proveniente de Michoacán son escoltados por elementos de la Policía del Mando Único y llevados hasta la bodega del Sistema DIF Morelos, a cargo de Elena Cepeda de León, esposa del gobernador.
Una de las personas que conduce el convoy asegura que la intención era entregar esa ayuda directamente a quienes la necesitan en las comunidades, sin embargo, dice, la policía los obligó a entrar a la capital y estacionarse frente a la bodega del DIF.
“Nos acaban de decir que por órdenes superiores de la directora del DIF de aquí de Morelos no podemos irnos de aquí y pues, bueno, nos tienen atados. Estamos en una zona que no conocemos, aunque ya sabemos cómo se mueve el tejemaneje de esta zona, supongo”.
El video se viralizó en las redes sociales, luego de lo cual un grupo de ciudadanos acudió a la zona para reclamar la distribución inmediata de los víveres a las comunidades que los requieren. En camionetas y vehículos particulares, llegaron a la zona y llevaron las despensas a otros lugares para ser enviados a las zonas siniestradas.
La acción de los ciudadanos hizo posible que los camiones provenientes de otros estados de la República salieran de la bodega y tomaran rumbos diferentes.
Según voluntarios que acudieron al DIF para recibir las donaciones, la bodega se encuentra llena de productos, víveres, agua potable, y el argumento para no distribuirlos “es que no tenemos bolsas”.
Distintas fuentes han señalado que en los municipios de Tetela del Volcán y Ocuituco, en las faldas del Popocatépetl; Jantetelco, Tepalcingo, Axochiapan, Jonacatepec y Ayala, en la zona oriente; Xochitepec, Tetecala, Miacatlán y Tlaltizapán, en la zona sur-poniente, así como en la capital, la gente afectada pide víveres, cobijas, ropa, medicamentos, pañales “y muchas manos” para retirar escombros.
En esta ciudad, organizaciones civiles denunciaron que el gobierno del estado impide la distribución de la ayuda o la distribuye con base en criterios político-partidistas.
“En prácticamente todos los albergues del DIF, personal del gobierno entrega la ayuda señalando que es de parte de la señora Elena (Cepeda) y del gobernador (Graco Ramírez)”, dicen.
Mientras tanto, en la zona sur muchas personas aseguran que la ayuda sólo se entrega a las familias previa solicitud de credencial de elector.
Doña Carmen, vecina de la colonia Pedro Amaro, en Jojutla, afirma que no le han entregado una sola despensa, pese a que su casa resultó afectada por el sismo. Asegura que le están exigiendo la presentación de su credencial para votar, pero “perdí todo, mi casa se cayó, no puedo entrar por mis cosas, no tengo ningún papel, no es justo”.
Otras personas han señalado que personal del gobierno del estado solicita la credencial del Instituto Nacional Electoral con el pretexto de que necesita “checar domicilios” para poder entregar la ayuda a quien realmente lo requiere.
En los centros de acopio las familias hacen filas hasta de una hora para poder recibir un paquete con algunos granos, o bolsas de pañales, papel higiénico, toallas sanitarias.
Por su parte, el gobernador realizó esta mañana una visita a la secundaria 2 de esta capital, en la colonia Alta Vista, donde 400 personas resultaron damnificadas al desgajarse un cerro, y se tomó varias fotografías con los afectados.
Más tarde la alcaldía capitalina, que encabeza Cuauhtémoc Blanco, condenó “el uso político” que el gobierno estatal le ha dado al sismo “de manera alevosa”.
Por ello, informó que el centro de acopio instalado por el ayuntamiento en esa secundaria se movería a sus instalaciones en el centro de Cuernavaca.
Más tarde el gobernador hizo una gira por el municipio de Ocuituco, en el oriente de Morelos, donde estuvo acompañado del secretario de Turismo, Enrique de la Madrid. Ahí aseguró que la cifra de personas que perdieron la vida por el sismo ascendió a 97.


El reality de Frida Sofía o la desmesura mediática de Televisa
POR JENARO VILLAMIL , 21 SEPTIEMBRE, 2017
CIUDAD DE MÉXICO (apro).- De la tragedia ocurrida en el Colegio Enrique Rébsamen, donde han fallecido 25 personas (21 niños y cuatro adultos) al venirse abajo la pesada estructura del edificio, desde la mañana del miércoles 20 surgió la esperanza de rescatar con vida a una niña de primaria atrapada entre los escombros.
Cámaras, micrófonos, drones, despliegue de rescatistas y algunos familiares se trasladaron hasta la escuela para observar “el milagro”. Las principales televisoras, sobre todo Televisa, se enlazaron en vivo y durante nueve horas continuas transmitieron las labores de rescate que poco a poco se fue transformando en un reality show que terminó como un ejercicio de desmesura mediática y caos informativo.
La reportera de Televisa Danielle Dithurbide se convirtió en la principal conductora de este reality, que por momentos recordaba a La Rosa de Guadalupe y en otros traía a la memoria escenas de los sismos de 1985 y de la nada sutil manipulación emocional de los televidentes para olvidarse de los otros damnificados y de las otras aristas de la tragedia.
A las cámaras y señales de Televisa les siguieron también las de TV Azteca, Imagen TV, Canal Once, decenas de medios internacionales, jóvenes reporteros de medios digitales y rescatistas que se sometieron al control de la Policía Federal y de la Secretaría de Marina que tuvieron el control de la escuela devastada.
El almirante de la Marina José Luis Vergara Ibarra confirmó a los medios de comunicación que tras cuatro horas de maniobras de rescate habían detectado a una niña con vida.
“Hay una niña que aún escuchamos está con vida. Y es ahí donde realizamos el mayor esfuerzo porque está muy complicado el rescate”, confirmó el almirante ante las cámaras de Televisa.
El reality se llenó de ingredientes de todo tipo: una profesora aseguró que había una niña llamada Frida Sofía y que estaba en primaria; un “marino” (sin nombre preciso) dijo que una niña llamada Frida movió su mano y pidió agua; algunos medios aseguraron que la menor tenía 12 años.
La niña que se llamaría Frida se volvió la heroína sin rostro de una tragedia necesitada de símbolos y de las televisoras hambrientas de rating.
En sus transmisiones nocturnas, Televisa fue el único medio que tuvo el privilegio de estar cerca de las labores de rescate en el Colegio Enrique Rébsamen, mientras el resto de los medios fueron alejados ante la zona acordonada.
A cambio, los conductores de la principal televisora alabaron la labor de la Secretaría de Marina que tomaba el control de facto de este espectáculo digno de un maratón televisivo, con llamados a la esperanza y la frase “Fuerza México” repetida hasta el cansancio.
A la hora del noticiario estelar de “Las Estrellas”, los conductores Denise Maerker y Joaquín López Dóriga, revivido en las pantallas de Televisa, concentraron el 90% del tiempo de transmisión en el suceso del “rescate de Frida Sofía”.
Para ellos, el caso del rescate de Frida Sofía del colegio Rébsamen se volvió en “el símbolo de la esperanza de México”. López Dóriga no mordió completo el anzuelo del reality show y dejó sola a Denise Maerker cuando también “guardaba silencio” como si estuviera en el sitio de rescate y no en un estudio televisivo.
Lo mismo hicieron Imagen TV, TV Azteca y Milenio TV, pero sin el acceso privilegiado y en primer plano a las labores de rescate y sin la desmesura de Televisa.
Al filo de las 23 horas se subió en las redes sociales el video de dos jóvenes rescatistas que anunciaron, eufóricos, que habían rescatado a una niña llamada Frida Sofía o Ana Sofía. Las autoridades no confirmaron esta versión. Y los conductores de Televisa se molestaron.
Anticlimático, el titular de Educación Pública, Aurelio Nuño, en lugar de sumarse a la euforia colectiva, declaró en Televisa que le pedía a los familiares de los niños bajo los escombros de la escuela que se comunicaran a la SEP.
Surgieron otras versiones de que la niña no se llamaba Frida Sofía y también otras que indicaban que no había ninguna menor con vida bajo esos escombros. De la esperanza se cayó en el caos informativo, porque nadie confirmaba lo que durante horas alimentó las transmisiones televisivas.
En medio del reality, al filo de la medianoche, surgió un brote de nerviosismo por un “microsismo” que podría ser una réplica del sismo del 19 de septiembre. La alarma bajó, pero la transmisión de Televisa continuó hasta que ya no había esperanza de observar el rescate triunfal de una menor.
En su último reporte de esta mañana, la reportera Dithurbide afirmó que desde las 5 de la madrugada las labores de rescate “fueron suspendidas por completo, por lo frágil de la estructura”, y sólo hay un equipo de especialistas trabajando en los escombros de la escuela.
Los rescatistas civiles fueron desplazados. Ya nadie más en Televisa volvió a mencionar a la niña Frida Sofía, pero en TV Azteca, Hannia Novel, citando a la propia SEP, afirmó que en la lista de niños del Colegio Enrique Rébsamen no había ninguna menor que se llamara así.
La reacción en las redes sociales fue desde la decepción hasta la dura crítica a los medios de comunicación, en especial a Televisa, porque todo sonaba “perverso”.
Una niña que se movía, una niña que recibió agua, una niña que habló, que se comunicó con el exterior. Ahora resulta que nadie puede confirmar si existió, aunque ya todos saben que no se llamaba Frida Sofía.
A pesar de eso, en su primera plana de este 21 de septiembre, el periódico La Razón publicó como nota principal: “El país contiene aliento ante el largo rescate de la niña Frida”. Y El Universal también le hizo segunda en su primera plana: “La esperanza se llama Frida”.
Ahora, la decepción del reality se llama Frida.


“Agarre una pala”, retan a Peña Nieto en Edomex; Estado Mayor y estudiantes se enfrentan a empujones
POR VENERANDA MENDOZA , 25 SEPTIEMBRE, 2017
TOLUCA, Edomex (apro).- “Agarre una pala y póngase a trabajar”, gritaron al presidente Enrique Peña Nieto durante su visita este domingo a Joquicingo, mientras realizaba un recorrido para acompañar al gobernador Alfredo del Mazo por la zona de desastre del sismo del 19 de septiembre pasado.
La arenga desató un duelo de empujones entre estudiantes de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEM) e integrantes del Estado Mayor Presidencial; los primeros, aseguran que en defensa del hombre de la tercera edad que emitió el reclamo.
Los hechos ocurrieron sobre la calle León Guzmán, la más afectada por el terremoto del martes pasado, en la cabecera municipal de aquella demarcación, mientras los mandatarios ofrecían un mensaje a los habitantes.
Peña Nieto condenó que acudiera al lugar gente que, desde su punto de vista, llegó a alterar y provocar.
“Los mexicanos están trabajando para apoyar a la gente que más lo necesita, y no se vale que haya gente que pretende obstruir ese tipo de ayuda de los mexicanos, de las autoridades”, dijo.
El mandatario federal exhortó a los habitantes del municipio a no dejarse engañar ni confundir por información falsa que circula en redes sociales.
Adelantó que Joquicingo forma parte de los 12 municipios para los que se ha solicitado declaratoria de desastre en el Estado de México, por lo que en breve contarán con recursos para apoyar la reconstrucción, como ha ocurrido en Oaxaca y Chiapas.
Comprometió que se agilizará el levantamiento del censo de daños, pero confió que la mayoría de las viviendas presenta daños parciales y muy pocas totales.
En el caso de las escuelas afectadas, indicó que serán habilitados espacios alternos para que los alumnos estén en posibilidad de tomar clases, mientras se reconstruyen o reparan los inmuebles; e indicó que las iglesias serán reedificadas en colaboración con el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).
En tanto, Del Mazo Maza ofreció priorizar la reconstrucción de casas, después de escuelas y al final ir por los templos; adelantó la instalación de aulas móviles y la implementación de empleos temporales en las 12 demarcaciones más afectadas para ayudar a la reconstrucción.
Por su parte, Alfredo Barrera Baca, rector de la UAEM, lamentó el altercado, reprobó la confrontación, y justificó que los alumnos acudieron a título personal el día de ayer al municipio a brindar apoyo solidario a uno de sus compañeros.
“Se trata de un comportamiento derivado de la tristeza y frustración propio de la tragedia que vivimos y del ímpetu de los jóvenes”, consideró.
Por la noche, el gobierno estatal informó que mil 779 escuelas públicas, de las más de 22 mil que la Secretaría de Educación Pública tiene registradas, podrán reiniciar clases este lunes, tras verificar que sus estructuras no representan un riesgo derivado del movimiento telúrico.
En estos planteles, el Instituto Mexiquense de la Infraestructura Física Educativa (IMIFE) ya realizó las inspecciones técnicas y se emitieron los dictámenes de Protección Civil correspondientes.
En el resto de las instituciones educativas de todos los niveles continúan las revisiones de los inmuebles.
La Secretaría de Educación solicita a padres de familia y docentes permanecer atentos a la actualización de reportes, que pueden consultarse en la página web seduc.edomex.gob.mx.


Funcionario de Guerrero promociona su imagen con apoyos de Chapingo a damnificados
POR EZEQUIEL FLORES CONTRERAS , 25 SEPTIEMBRE, 2017
CHILPANCINGO, Gro. (apro).- El subsecretario de Agricultura del gobierno estatal, Héctor Ocampo Arcos, aprovechó un envío de ayuda de la Universidad Autónoma de Chapingo al municipio de Atenango del Río, en la Zona Norte de la entidad, para promocionar su imagen política en redes sociales.
El colaborador del gobernador Héctor Astudillo, exalcalde de Huitzuco y exdiputado local priista que se ha beneficiado con recursos de la Secretaría de Sagarpa, destinados al subsidio de campesinos, difundió ayer fotografías en su cuenta oficial de Facebook donde aparece junto a estudiantes entregando víveres a damnificados.
Una operadora del PRI en la Zona Norte, identificada como Grissell Catalán Barrera, difundió el siguiente mensaje en la misma red social:
“El día de hoy acompañé al ingeniero Héctor Ocampo Arcos a Atenango del Río, quien como egresado de la Universidad Autónoma de Chapingo solicitó a la comunidad universitaria el apoyo para los afectados por el sismo, y en respuesta Chapingo envió un camión con víveres para los damnificados, que fueron entregados de manera coordinada por los estudiantes y la presidenta municipal Amparo Eréndira Puente González”.
El funcionario estatal replicó en su cuenta este mensaje acompañado por varias fotografías donde Ocampo Arcos aparece posando junto a los estudiantes de Chapingo y entregando víveres directamente a personas que resultaron afectadas por el sismo del martes 19.
Atenango del Río es uno de los municipios de la Zona Norte que resultó con más afectación en sus viviendas, en su mayoría casas de adobe y techado de teja donde decenas de personas perdieron su patrimonio tras el terremoto y las inundaciones provocadas por las torrenciales lluvias.
El lunes 4, Apro dio a conocer que la Sagarpa benefició directamente con recursos públicos de programas sociales al subsecretario de Agricultura del gobierno de Guerrero, Héctor Ocampo Castro; al alcalde priista de Huitzuco, José Luis Ávila López, así como familiares y amigos de ambos políticos que forman parte del grupo del gobernador Héctor Astudillo Flores.
También, empresas del exdiputado local priista Rubén Figueroa Smutny han sido subsidiadas con recursos destinados al agro por el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto, indican documentos oficiales consultados por Apro.
Los informes indican que la dependencia federal que encabeza José Eduardo Calzada Rovirosa destinó en 2015 –a través de su delegado estatal en ese entonces Mateo Aguirre Arizmendi– una bolsa de 2 millones 963 mil 617 pesos por concepto de “proyectos productivos o estratégicos”, que benefició a 78 supuestos productores del municipio de Huitzuco de los Figueroa.
En el mismo año, la Sagarpa también destinó al municipio de Huitzuco la cantidad de un millón 67 mil 945 pesos del programa “Incentivos para la comercialización”, destinado para promover la producción ganadera.
Paradójicamente, entre “los campesinos y productores” beneficiados se encuentra el hijo del exgobernador Rubén Figueroa Alcocer, un funcionario del gobierno de Astudillo y el edil priista de ese municipio de la Zona Norte, así como familiares, amigos y colaboradores que se desempeñan como servidores públicos y miembros del bloque cenecista de Huitzuco, señalan los documentos oficiales.
El hecho exhibe el uso partidista de los programas sociales del gobierno federal para beneficiar a políticos, sus familias y el sector agrario del PRI a costa del drama de campesinos que viven en la pobreza y marginación en esta entidad colapsada por la narcoviolencia y la corrupción gubernamental.
El subsecretario de Agricultura del gobierno de Astudillo, Héctor Ocampo Castro, quien recibió 140 mil pesos a fondo perdido, justificó el subsidio federal con el argumento de que, además de vivir de la política, es propietario de la empresa de lácteos denominada Monteleite.


La CNDH pide al gobierno no demoler edificios dañados sin antes agotar las tareas de búsqueda de sobrevivientes

Fecha de publicación: 22/09/2017
Ciudad de México, 22 de septiembre.- La Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), exhortó a las autoridades a no demoler edificios dañados y “esperar las evidencias técnicas y científicas” que descarten de manera total la existencia de sobrevivientes, “se recuperen cuerpos” y se “informe a la población”. En un comunicado, el máximo organismo de derechos humanos en el país indicó que “ante la inquietud expresada por diversas personas y organizaciones sociales, sobre la posibilidad de que se suspendieran las tareas de búsqueda y rescate de víctimas” por el sismo del pasado 19 de septiembre, se debe priorizar la recuperación de los sobrevivientes, “hasta agotar todos los recursos disponibles”. Antes de que las autoridades ordenen el inició de las acciones de demolición y remoción de ruinas, la CNDH consideró que deben continuar con su compromiso en las labores de rescate, “hasta que, con sustento en evidencia técnica y científica, se haya descartado la existencia de sobrevivientes y se hayan recuperado los cuerpos de quienes perdieron la vida, informando de ello oportunamente a la sociedad”. En su mensaje, la Comisión Nacional de Derechos Humanos dijo que seguirá realizando acciones de “atención, apoyo y acompañamiento a las víctimas y damnificados de los recientes sismos”, a la vez que aseguró que “adoptará, en caso de ser necesario, las acciones que procedan para garantizar su atención y la defensa de sus derechos”.

Al menos 47 edificios colapsaron por la corrupción, por “ahorrar” dinero, denuncian especialistas

Por Redacción / Sin Embargo
Septiembre 21, 2017

A partir de 1986 se expidieron leyes y protocolos para que las nuevas edificaciones cumplieran con los mínimos requisitos para que la devastación causada por el terremoto del 19 de septiembre de 1985 no se repitiera.
Pero el Colegio de Arquitectos de la Ciudad de México aseguró que en la construcción “el tiempo es dinero” y resulta “más conveniente” realizar actos de corrupción para agilizar los trámites burocráticos. Aunque muchas veces esto provoca mayores precios de venta, incertidumbre en la calidad de los materiales y no hay certeza de que el inmueble cumpla con las reglas existentes.
Esta advertencia se cumplió tras el sismo de 7.1 grados del martes: al menos 47 edificios se desplomaron en la capital del país, entre ellos el Colegio “Enrique Rébsamen”, ubicado en la Delegación Tlalpan. De acuerdo con testimonios de vecinos, una parte del inmueble tiene más de 40 años y la que se cayó, no más de tres.

Por Dulce Olvera y Efrén Flores
Ciudad de México, 21 de septiembre (SinEmbargo).– Al menos 47 edificios se derrumbaron en la Ciudad de México tras el sismo de 7.1 grados, de los cuales 14 se ubican en la céntrica delegación Benito Juárez y 13 en la delegación Cuauhtémoc. Al sur, seis cayeron en Tlalpan, cinco en Xochimilco y tres en Coyoacán, de acuerdo con el registro de Google Maps.
Entre algunas construcciones que se desplomaron destacan obras con una antigüedad no mayor a 30 años. A partir de 1986, se expidieron leyes y protocolos para que las nuevas edificaciones cumplieran con los mínimos requisitos para que la devastación causada por el terremoto del 19 de septiembre de 1985 no se repitiera.
Sin embargo, tras el sismo de este martes, decenas de edificios se desplomaron con el paso de la devastadora onda tectónica. Uno de los casos más álgidos es el del Colegio “Enrique Rébsamen”, ubicado en el número 11 de la calle Rancho Tamboreo en la Delegación Tlalpan.
De acuerdo con el testimonio de Mariana, una de las vecinas de la escuela, el edificio viejo “estaba bien construido porque tenía unos castillotes enormes”. La estructura que sobrevivió al terremoto “tiene 40 años de haber sido construida”, explicó.
En cambio, el anexo “tendrá como tres años a lo mucho”, dijo don Armando, quien vela por el edificio donde vive Mariana, ubicado en el número 22 de la calle Rancho Tamboreo, un edificio naranja que encara al colegio devastado.
“No estaba bien construido”, añadió el vecino de Tlalpan.
Si en algo coinciden los vecinos, es que lo viejo perdura por bien construido y que lo nuevo se deshace por negligencia; por no acatar a las regulaciones.
Precisamente escuelas y tiendas de autoservicio, como el Soriana en Avenida Tlalpan que también colapsó, son los inmuebles que requieren una licencia especial que incluye el Visto Bueno de Seguridad y Operación con la responsiva de un Director Responsable de Obra, de acuerdo con el Reglamento de Construcción local.


Familiares de costureras, en zozobra ante falta de información
¿Quién se hace cargo del dolor de las familias que buscan a sus seres queridos, en el predio de las terribles coincidencias? En la fábrica textil de Chimalpopoca y Bolívar, de la colonia Obrera, la memoria juega entre el pasado y el presente. Nos recuerda 1985, cuando cientos de costureras perdieron la vida al quedar atrapadas entre los escombros de los talleres clandestinos de San Antonio Abad.
Como hace 32 años aquí también se juegan dos realidades: la de cientos de personas voluntarias que buscan rescatar vidas; y la de quienes resguardan los bienes materiales de los dueños de las empresas.
En la esquina de Bolívar y Chimalpopoca una familia no deja de preguntar a todo el que parezca autoridad, encargado de protección civil, doctor o lo voluntaria: - “Oiga ¿a dónde se llevaron a quienes rescataron de la fábrica? Estamos buscando a Irma Chávez Martínez. Nos dijeron que habláramos al hospital de Balbuena, pero ahí nos dijeron que no tienen a nadie con ese nombre”.
“Desde anoche estamos aquí esperando noticias pero nadie nos dice nada, ya buscamos en Locatel y tampoco aparece”.
Irma Chávez Martínez, entró a trabajar hace tres años a la fábrica, su sobrina Marisol Placencio Ortega es quien nos da los datos. Aquí está el hijo de Irma, su hermana y otro sobrino. Todos la buscan.
Saber si Irma ya salió de entre los escombros de lo que fue un edificio de cuatro pisos en donde se fabricaba ropa de mujer de la marca New Fashion, es la noticia que esperan.
La fábrica “Línea Moda Joven” S.A de C.V, que produce la marca “New Fashion” y “Foley’s”, le pertenece a una familia judía. Nadie quiere dar datos sobre cuántas personas estaban laborando al momento del temblor. El yerno del dueño de la fábrica espera que rescaten a su suegro de entre los escombros. Tampoco da su nombre. Él confirmó que ahí se producía ropa de mujer de la marca “New Fashion”, no dice nada más.
En la espera de noticias también está la familia de Irma Sánchez, de 50 años de edad y trabajadora de la fábrica, su cuñado Gelacio Chávez es quien la busca.
Al igual que la familia Martínez, la familia de Irma Sánchez está desesperada porque nadie les dice dónde obtener información sobre las personas rescatadas. El hermetismo de las autoridades y la mala orientación les desespera y hace más grande su dolor.
Un policía de seguridad pública del gobierno de la Ciudad de México que resguarda el perímetro tiene un trozo de papel azul con letras de plumón rosa con el nombre de Amy Hsien Yu Huang, una mujer se lo dejó porque la está buscando; también estaba en el edificio derrumbado en la esquina de Bolívar y Chimalpopoca, en la colonia Obrera.
Cintia Ying Yun Yang, busca información sobre su esposo José Lin Chia Chin, él estaba trabajando en el predio donde además de la fábrica textil, al parecer, estaban las oficinas de la compañía “ABC Toys Company” S.A de C.V y “Dashcam System”.
Pese a la desesperación de las familias, aquí nadie da un dato sobre las personas rescatadas, ni de las empresas que estaban en el edificio, ni cuántas personas trabajan ahí. El control es de Policía Federal, quienes desean mantener a raya a los cientos de personas voluntarias que se han volcado para rescatar a las trabajadoras de la textil, como le llaman al lugar. Mujeres costureras que esperan ser rescatadas de entre los escombros, igual que en 1985.
Hace 32 años las feministas acudieron a apoyar a las costureras, las acompañaron hasta formar su Sindicato el cual lleva por nombre la fecha de la tragedia: “19 de septiembre”.
LA AYUDA VIENE DE TODOS LADOS
Las personas dispuestas a ayudar vienen de todos lados, no sólo de la Ciudad de México, incluso de estados cercanos.
Cinthia, Flor, Verónica y Mara, son estudiantes de medicina forense de Tulancingo, Hidalgo, el día del temblor fueron convocadas para acudir en una brigada de apoyo. Llegaron este miércoles 20 a la Ciudad de México con 10 personas más. Están desde las 8 de la mañana cargando botes con piedras, llevan diez horas continuas quitando escombros. Su coordinador con el resto de su grupo se fueron a Xochimilco cuando llegaron por rescatistas y voluntarios para apoyar los trabajos allá.
Hasta la fábrica textil han llegado centenares de personas jóvenes de las universidades y algunas feministas que desean ayudar. Todas con cascos blancos, rojos y amarillos, manos forradas con guantes de carnaza y cubre bocas, esperan la indicación para ayudar.
El grito de “fila” es suficiente para ordenarse en una cadena humana que pasa botes llenos de escombro, varillas y pedazos de muebles de oficina, hacia los camiones de carga que esperan ser llenados.
Sólo el silbato y el puño en alto, marcan la pausa para el silencio necesario que permita identificar algún sonido que indique posibles señales de vida.
Al igual que en 1985 la población respondió. No dejan de pasar brigadas de mujeres y hombres ofreciendo comida, agua, suero, fruta, dulces, para quienes cavan con manos, picos y palas entre los escombros.
Las brigadas médicas también hacen su labor. Estudiantes de medicina envueltas en batas blancas corren a cada grito de paramédico; otras recorren los grupos de voluntarias y voluntarios que siguen sacando escombros de la gran montaña, ofrecen gotas para los ojos por el polvo, curaciones rápidas a las manos y brazos arañados por las piedras.
A mediodía del miércoles la esperanza dio fuerzas con el primer rescate del día. Para la medianoche se había logrado rescatar a cinco personas con vida y seis cuerpos, al menos 17 personas más esperan entre los escombros.
El grito de las y los rescatistas en lo alto de los escombros provoca los aplausos de euforia. “Vamos México” es la frase que acompaña cada salvamento.
DOS REALIDADES
Lejos de la vista pública, en el patio de la escuela primaria Simón Bolívar, hay otra realidad. Nada que ver con los rescates que se están realizando del lado de Chimalpopoca o en la esquina de Bolívar. Aquí, un salón es la bodega para la ropa de la fábrica, las telas y los productos de valor que se recuperan.
La espalda del edificio colapsado en Chimalpopoca y Bolívar colindaba con el patio de la escuela primaria Simón Bolívar, exactamente eran las bodegas de la fábrica textil, ahí están a la vista los rollos de tela de colores que a través de las manos de las trabajadoras dieron vida a las prendas de “New Fashion” y “Foley’s”.
-¡Es un dos! grita una mujer perteneciente al servicio de limpieza de la Ciudad de México, al percatarse que uno de los botes con escombro que pasa de mano en mano por cientos de personas voluntarias lleva documentos.
Un dos significa que son papeles, ropa, telas, máquinas de coser u objetos de valor que se resguardan en el salón detrás del puesto médico; como en 1985, cuando el terremoto derrumbó los talleres clandestinos sobre San Antonio Abad donde cientos de costureras perdieron la vida y las telas y las máquinas de coser fueron resguardadas por el Ejército. Ahora, aquí, lo resguardan dentro de un salón escolar custodiado por civiles.
Poco a poco se amontonan documentos fiscales, chequeras, papeles administrativos, carpetas, vestidos, sacos, blusas, máquinas de coser, cámaras de fotografía, equipo de cómputo, entre otras cosas. Sólo entran quienes están autorizados.
Uno de los rescatistas que llegó a las 4 de la mañana del miércoles comenta que cuando se dieron cuenta que querían salvar las telas, una disputa entre personas voluntarias y policías se dio. “Yo vengo a salvar vida, no cosas materiales”.
La lluvia empieza a caer al igual que la noche. Después de doce horas de trabajo se ha logrado cortar la loza en cinco pedazos que han sido levantados por las grúas para facilitar el trabajo de rescatistas. La esperanza por llegar a quien faltan sigue en pie.


Costureras: Rebeldía salvadora

POR MARCELA TURATI , 23 SEPTIEMBRE, 2017
Ante la falta de estrategia en las acciones de rescate y luego de tres días de afanosa búsqueda de las costureras atrapadas en el edificio de Simón Bolívar 168, en la colonia Obrera, las brigadas ciudadanas se sublevaron: Tomaron picos y palas para continuar el rastreo de las empleadas y rebasaron a las tropas del Ejército que quisieron tomar el control. En esas jornadas, todo mundo se coordinó a sí mismo y todos actuaron como si fueran topos.
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- La escena debería de haber terminado con la imagen de los brigadistas ciudadanos hermanados con soldados, marinos, policías federales y capitalinos, y funcionarios de todas las siglas, cantando juntos el Himno Nacional y coreando ¡Viva México! –con toque de corneta como sonido de fondo para ambientar–, al declararse concluidos los rescates en la fábrica de ropa de la colonia Obrera pulverizada, con un saldo fatal de 22 muertos por el sismo y mínimo tres sobrevivientes.
Sin embargo, la desconfianza hacia todo lo que toca el gobierno se impuso: horas después ese sitio se convirtió en campo de batalla cuando voluntarias inconformes se abrieron paso y, con picos y palas, siguieron abriendo hoyos en busca de un sótano donde creían que otras costureras atrapadas habían sido abandonadas.
El piso picoteado de lo que fue un edificio céntrico de cuatro pisos en la calle Simón Bolívar 168 –donde convivían costureras mexicanas e indocumentadas, y empresarios coreanos y judíos– concentra la tensión que se vivió la semana pasada en las zonas siniestradas: El forcejeo entre civiles y militares por el control, la guerra de vencidas entre un gobierno desacreditado y desconfiado, y un nuevo ciudadano movilizado a través de redes sociales.
Pero la historia no inició ahí. Empezó cuando a la señora Marcela Guadalupe Arredondo, esposa del conserje de ese edificio que albergaba tres empresas, se la tragó la tierra.
“No me di cuenta que se había caído el edificio porque cuando tembló cerré los ojos, después ya no me pude levantar, sólo vi una nube blanca de tierra, y una persona que me ayudaba a salir. Fui la primera”, recuerda desde el hospital ese momento en que el temblor la succionó estando ella en el techo del inmueble.
Por dos días, hasta el jueves 21, Marcela Guadalupe se presintió viuda. Los rescatistas que hurgaban en la montaña de cascajo y varillas no daban con su esposo Jaime Uribe, hasta que una prima regiomontana descubrió por el Facebook que él estaba vivo. Desde el inicio había sido rescatado, pero inconsciente y en calidad de desconocido; las autoridades, en vez de avisar a los Uribe, dejaron que la burocracia jugara con ellos un cruel ping-pong, obligándoles a seguir haciendo guardia cerca de los escombros, y a recorrer 20 hospitales y tres anfiteatros; en el último hasta les querían dar un muerto que no era Jaime.
Fragmento del reportaje especial publicado en Proceso 2134, ya en circulación
#ComunicadoChimalpopoca
Ciudad de México, 22 de septiembre de 2017
A la sociedad civil
A la las autoridades competentes
A los medios de comunicación
Ante las irregularidades que se han presentado durante las actividades de rescate en la fábrica de textiles ubicada en la esquina de las calles Bolívar y Chimalpopoca, en la colonia Obrera, la sociedad civil organizada que hemos estado participando, queremos denunciar lo siguiente:
La situación de las personas que trabajaban en esta fábrica era claramente irregular. Se tiene conocimiento de que muchas de ellas eran migrantes asiáticas y centroamericanas en condiciones laborales muy precarias.
Durante las actividades de rescate elementos policiales adscritos a la Secretaria de Seguridad Pública del Gobierno del Distrito Federal obstaculizaron constantemente las labores.
Se llegó al punto tal, de que el viernes 22 de septiembre aproximadamente a las 16:00 horas los elementos policiales comenzaron a cargar el material y las herramientas, alimentos y medicamentos donados por la ciudadanía a camiones del Gobierno del Distrito Federal, por lo que las personas comenzaron a exigirles que no se lo llevaran, ya que las actividades de búsqueda y rescate aun no concluían.
De manera autoritaria y violenta, los elementos policiales resguardaron con sus toletes y posteriormente agredieron a las personas lanzando objetos que se encontraban en el suelo como latas, botellas y piedras. Consecuentemente, se generó un caos innecesario y la gente comenzó a correr. Inclusive dos jóvenes se cayeron por huir y los elementos policiales los patearon.
Por lo anterior, exigimos a las autoridades correspondientes lo siguiente:
I. La nómina completa de la fábrica que incluya el nombre de todas las personas que ahí trabajaban, así como el señalamiento de las personas dueñas de la empresa
II. La lista de las personas que fueron rescatadas con vida y su ubicación hospitalaria
III. Lista completa de las personas encontradas sin vida en la fábrica y el lugar en el que se encuentran sus cuerpos
IV. Lista de personas de personas que trabajaban en esa fábrica y no han aparecido.
V. Que se aclare el estatus legal de todas las personas que ahí trabajaban, en especial respecto a su situación migratoria para fincar responsabilidades de los contratantes. Ningún migrante ni sus familias debe ser perseguido ni deportado. Todas las personas que perdieron a un familiar, independientemente de su nacionalidad, debe ser indemnizadas.
VI. Nombre de los responsables de las distintas corporaciones que estuvieron a cargo de la estrategia de rescate.
VII. Que se deslinden las responsabilidades legales de las personas responsables por la situación laboral irregular de las y los trabajadores.
VIII. Que se investiguen los hechos de agresión cometidos por los policías de la SSP del GDF y en su caso se sancione a los responsables.
Convocamos a toda la sociedad civil a continuar con el apoyo de las labores de rescate en este punto, y que se circulen en redes y todos los medios posibles los videos y fotografías que evidencien lo dicho en este comunicado para que funcionen como prueba de las denuncias que se llegaran a presentar.







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