domingo, 25 de septiembre de 2011

En Jerusalén, plegarias y resignación



Robert Fisk
The Independent


Allí estaba yo, en la Vía Dolorosa, por supuesto, conversando con un señor de edad mediana en playera, con apenas un asomo de barba y una alfombrilla para la oración bajo el brazo izquierdo. Le pregunté, como era de rigor, qué pensaba del discurso de Obama. Sonrió con sorna, como si adivinara que yo sabía lo que iba a decir. ¿Qué esperaba usted?, dijo. Correcto. Después de todo, Haaretz ya se había referido esta semana al presidente Barack Netanyahu, mientras el racista ministro israelí del exterior comentó que él habría firmado el discurso con las dos manos. Tal vez, reflexioné en Jerusalén este viernes, Obama en realidad busca ser relecto... al Knesset israelí. Pero qué impactante fue este día en las calles de Jerusalén la sensación de resignación, de fatigada aceptación. Los periódicos israelíes habían advertido sobre actos de violencia, pero las multitudes que llegaron a Al Aqsa para la oración matutina sencillamente tendieron sus esterillas en la avenida, fuera de la Puerta de Damasco, o en las calles de atrás de la mezquita, y apenas si mostraron interés en hablar de Obama. Tal vez el veto de Estados Unidos en la ONU incite su pasión, pero tengo mis dudas.
Es un poco como la secuela de las fotografías de torturas en Abu Ghraib, cuando los estadunidenses restringieron el número de fotos que se podían publicar por temor de que enfurecieran a los iraquíes. Pero yo estuve en Bagdad ese día y nadie expresó particular indignación. ¿Qué esperaba yo? A final de cuentas, los iraquíes ya sabían todo sobre Abu Ghraib... ellos eran a quienes torturaban allí. Lo mismo pasó en Jerusalén este viernes. Los palestinos han observado a Washington aceptar sin críticas la ocupación israelí a lo largo de 44 años: la más larga en el planeta. Ya saben todo al respecto. Sólo los occidentales nos horrorizamos de las imágenes de tortura y de la hipocresía de Obama.
Los palestinos incluso aceptaron la regla israelí sobre la oración matutina. Ninguna persona menor de 50 años sería admitida para la plegaria en la explanada de Al Aqsa. Por eso los que no pudieron entrar extendieron sus tapetes en el pavimento o la grava de afuera, lo cual de hecho agrandó la explanada prohibida sobre calles y aceras. Hasta los guardias fronterizos y policías israelíes lo tomaron como rutina. Había, digamos, una atmósfera de normalidad, algún grito de un joven en la barricada de la avenida principal, muchos israelíes encogiéndose de hombros. Hasta unos caballos de la policía, bellamente arreglados, observaban con cansancio en sus grandes ojos.
En la barrera de hierro, el capitán de la policía no se molestó en pedir mi pase de prensa; sólo asintió con la cabeza e hizo a un lado la barrera. Los camarógrafos de la televisión filmaban obedientes a los israelíes con sus rifles de asalto y sus cachiporras. Y, como soy un creyente en las Verdades del Departamento del Interior, tengo que agregar que en otras naciones de Medio Oriente sería dudoso que los policías armados se mantuvieran tan indiferentes a las cámaras. Inútil es decir que los más agresivos de los colonos israelíes en Cisjordania no están tan ansiosos de que los filmen; por eso se cubren el rostro cuando atacan a los palestinos. Y pintar Mahoma es un cerdo en hebreo en la pared de la mezquita de Qusra, a 50 kilómetros de Nablus, no iba a servir para mejorar las relaciones entre árabes e israelíes. Los palestinos cubrieron es un cerdo con pintura, pero naturalmente dejaron intacto el nombre del profeta. Se pueden ver cosas parecidas en la colonia judía en Hebrón.
Pero también eso ha adquirido su propia normalidad, como el macizo muro israelí que domina el panorama arriba de Jerusalén: terrible y odiada cicatriz en la política del lugar, que debería herir los ojos de cada palestino o israelí que la mira. Extrañamente, los occidentales hemos dejado de hablar de él; tal vez por eso nos gusta llamarlo barrera de seguridad en vez de muro, un problema que deben resolver –para citar a Obama– las propias partes involucradas. Y este viernes hubo un pequeño incidente que ilustra bien lo que eso significa.
Había terminado la oración en la mezquita de Al Aqsa; la policía se disponía a marcharse y los tenderos reabrían sus puestos cuando una anciana palestina vestida de negro bajó cojeando algunos escalones con dos grandes cajas de cartón vacías. Eran las patas de una mesa en la que comenzó a poner ropa barata de niño y zapatos de plástico decorados con estrellas.
Un soldado le dijo que pusiera sus cajas un metro más allá. No había razón; tal vez estaba aburrido o tenía ganas de divertirse. Pero entonces la anciana se puso a gritar en árabe: todo ha terminado. Supongo que quiso decir que había terminado para los palestinos, o quizá para los israelíes, pero el soldado se echó a reír y repitió sus palabras en árabe. Sí, todo ha terminado, dijo; tal vez hablaba de la oración matutina.
Mientras el soldado seguía acosando a la anciana y pateando las cajas de cartón, una hilera de turistas procedente de la Vía Dolorosa subió serpenteando por el callejón. La mujer pegaba de alaridos y los turistas –de cabello rubio y ojos azules, que hablaban en alemán– se dieron cuenta de lo que ocurría.
Sus ojos se volvieron hacia donde la anciana gritaba y el soldado seguía pateando las cajas, pero no movieron la cabeza. Siguieron con la cara al frente, como si la escena fuera parte normal de la vida en Jerusalén. Estaba claro que no iban a intervenir; sólo se pasaron al otro lado.
© The Independent

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